Los cuerpos sutiles del ser humano, según el esoterismo
Saludos de nuevo. Abro este post para intentar explicar los diferentes cuerpos sutiles del ser humano. Es un tema complejo, así que os pido que lo leáis con calma, porque no es de los que se digieren de un tirón.
Conocerse es llegar a ser consciente de los distintos cuerpos que componen nuestra verdadera naturaleza, tanto humana como divina. Es conocer la composición y la estructura no solo de nuestro mecanismo físico, sino también del psíquico, del mental y del espiritual de nuestro verdadero ser, desde los cuerpos más densos hasta los más sutiles, desde los principios que los animan hasta las necesidades que nos hacen sentir y los estados de conciencia que a cada uno le corresponden.
Todos nos hemos observado un poco. Tratamos de identificar algunas de nuestras tendencias, buenas o malas, mentales o emocionales, y decimos: ya me conozco. Pero no nos conocemos, ni siquiera nos hemos aproximado a nuestro mundo interior. Y es que hoy en día no existe ninguna representación del ser humano que abarque de verdad su enorme complejidad, así que tampoco hay que extrañarse de que las religiones y los distintos sistemas filosóficos no hayan coincidido nunca en cómo describir su estructura.
Los hindúes, por ejemplo, dividen al hombre en siete partes, y los teósofos adoptaron esa misma división. Los astrólogos lo dividen en doce, en correspondencia con los signos del Zodiaco, y los alquimistas en cuatro, de acuerdo con los cuatro elementos. Los cabalistas se han quedado con el cuatro y el diez: los cuatro mundos y los diez sefirots del Árbol de la Vida. En la religión de los antiguos persas, el mazdeísmo, y más tarde en el maniqueísmo, el hombre se divide en dos, siguiendo los dos principios del bien y del mal, de la luz y las tinieblas, Ormuz y Ahrimán. Los cristianos, por su parte, suelen dividirlo en tres: cuerpo, alma y espíritu. Y ciertos esoteristas han preferido el nueve, porque repiten el tres en los tres mundos, físico, espiritual y divino.
¿Dónde está la verdad? En todas partes a la vez, según el punto de vista desde el que se observe al hombre. Por eso no hace falta rechazar ninguna de estas divisiones: son solo maneras distintas de presentar un mismo aspecto de la realidad, y no se contradicen entre sí porque cada una es cierta desde su propio ángulo.
Cuando alguien escucha por primera vez que poseemos varios cuerpos, lo normal es que le entre una sonrisa de escepticismo, y es comprensible. Pero conviene entender que el ser humano no nace como cuerpo físico para que después venga un alma a habitarlo: su recorrido por el universo no empieza aquí, en este planeta y en este plano. Desciende desde lo alto y se introduce en un cuerpo de bebé para darle vida. Antes de nacer, nuestro Ser ya está en otros planos, en otras dimensiones, y allí también necesita cuerpos sutiles para moverse y manifestarse, igual que en el mundo físico. De modo que cuando nacemos ya poseemos varios cuerpos o vehículos de energías distintas, aunque no seamos conscientes de ello.
¿Para qué sirven esos cuerpos? Antes de nada, hay que dejar clara una cosa: nuestro verdadero yo no es ninguno de ellos. No hay que confundir el traje que nos ponemos con la persona que se lo pone. Nuestro Ser Superior, al que los estudios esotéricos llaman Mónada o Espíritu por residir en el plano monádico, es una entidad de tal luminosidad y belleza que, debido a su altísimo estado de vibración, difícilmente puede descender a los planos más densos de la creación y manifestarse allí con todo su poder y su gloria. Ese es uno de los propósitos, o de los misterios, de la vida del hombre: manifestar esa gloria como hijo de Dios en el plano físico, a través de un cuerpo denso. Cuando se alcanza semejante estado de manifestación, redimimos la materia, creamos un canal perfecto entre lo superior y lo inferior, entre el cielo y la tierra. Esa es la Gran Obra, que ya expliqué en otro apartado de teoría.
Para lograr ese descenso, el Espíritu se va rodeando, plano tras plano, de vestiduras cada vez más densas, hasta llegar al último vehículo de manifestación, que llamamos cuerpo físico. Antes ha tenido que recubrirse necesariamente de un cuerpo mental y de un cuerpo astral. Al conjunto de estos tres cuerpos, mental, astral y físico, correspondientes a los niveles de pensamiento, emoción y actuación, se le llama esotéricamente personalidad. El hombre piensa porque tiene un cuerpo mental, siente porque tiene un cuerpo astral y actúa porque tiene un cuerpo físico, y mediante estos tres aspectos evoluciona, experimentando en cada uno de esos planos los estadios de conciencia y percepción que le corresponden.
Veamos ahora, uno por uno, los cuerpos o vehículos inferiores del hombre, lo que llamamos personalidad o cuaternario inferior. Más adelante hablaré de los cuerpos superiores. Son estos cuatro:
El cuerpo físico, o denso.
El cuerpo etérico, pránico o vital.
El cuerpo astral, emocional o de deseos.
El cuerpo mental.
El cuerpo físico
No hace falta extenderse mucho sobre este cuerpo, porque su naturaleza corpórea y su aspecto formal llevan siglos siendo objeto de investigación y de reflexión, y muchas de las conclusiones a las que se ha llegado son fundamentalmente correctas. Estas orientaciones pueden servir como punto de partida:
Todos tenemos una forma, y mediante esa forma hacemos las cosas de la vida. El cuerpo físico tiene cinco sentidos, y a través de ellos el ser interno percibe la existencia física. Todas nuestras relaciones con el mundo pasan por esos cinco sentidos, y por eso el hombre se afana en aprovecharlos al máximo y en multiplicar las sensaciones, unas más necesarias que otras, unas más intensas que otras. A medida que evoluciona espiritualmente, van apareciendo para su conciencia otros sentidos, sensibilizándose en aspectos más elevados y más placenteros. Pero conviene recordar que las percepciones basadas en los cinco sentidos tienen un límite, como lo tiene cualquier instrumento; querer ampliarlos por medios artificiales, con drogas o con cualquier otro estimulante, no hace más que embrutecer al hombre.
En su naturaleza corpórea el hombre es una unidad, aunque esa totalidad esté subdividida en muchas partes y organismos. Todas esas subdivisiones actúan de forma coordinada, y el cuerpo funciona como un todo.
Dentro de nosotros están también los cinco elementos:
La materia, o elemento tierra: la piel, las uñas, los huesos, el cabello.
El agua: la sangre y las secreciones.
El fuego: el calor que tenemos dentro.
El aire: nuestra actividad respiratoria.
El éter o akasha: un aspecto del espacio que llevamos dentro.
Al cuerpo físico se le conoce también como cuerpo denso, cuerpo sólido, el cuerpo de la apariencia, el carruaje, la casa, el castillo, la forma, el sthula sharira. Cuando hablamos de él resulta difícil separarlo de su doble etérico, porque ambos funcionan en el plano físico, están compuestos de materia física y el hombre los abandona en el momento de la muerte, desintegrándose juntos cuando aquel pasa al astral. Los dos pertenecen al plano físico por la materia de que están hechos, y no pueden salir de él: la conciencia que obra dentro de ellos está circunscrita a sus límites y sujeta a las leyes ordinarias del espacio y del tiempo. Aunque son parcialmente separables, rara vez se separan durante la vida terrestre, y cuando lo hacen no es buena señal, sino indicio de enfermedad o de una constitución desequilibrada.
El cuerpo etérico
En Oriente se le conoce como linga sharira, pero conviene manejar nombres occidentales para definir mejor los distintos cuerpos sutiles del hombre. Los más usados son cuerpo etérico, cuerpo sutil, doble etéreo o cuerpo vital.
El nombre de doble etéreo expresa con precisión su naturaleza: como veremos, este cuerpo está íntimamente relacionado con el cuerpo físico denso, siendo su parte más sutil dentro del propio plano físico. Es etéreo porque se compone de materia etérea, y doble porque es el duplicado exacto del cuerpo grosero, su sombra energética, por así decirlo.
La ciencia física moderna sostiene que todo cambio corporal, en los músculos, en las células o en los nervios, va acompañado de una acción eléctrica, y probablemente eso mismo ocurre con los cambios químicos que tienen lugar en cualquier organismo, como atestiguan las observaciones hechas con los galvanómetros más delicados. Donde hay acción eléctrica tiene que estar presente el éter, de modo que la corriente implica su presencia; el éter compenetra y envuelve todo, y ninguna partícula de materia física está en contacto directo con otra, sino que cada una flota en una atmósfera de éter. Lo que la ciencia occidental plantea como hipótesis necesaria, los iniciados y los ocultistas lo han sostenido siempre como una observación directa y comprobable, porque el éter es tan visible como una silla o una mesa, solo que hace falta una vista distinta de la física para percibirlo.
El cuerpo denso se construye en la matriz de este cuerpo vital durante la vida antenatal. El doble etéreo es perfectamente visible para la vista ejercitada, de un color violáceo grisáceo, más grosero o más fino según lo sea el cuerpo denso al que acompaña. Por él circula la vitalidad a lo largo de los nervios del cuerpo; esos nervios físicos tienen su contraparte etérica en los llamados conductos nadis, por los que circula lo que en Oriente llaman prana, una energía positiva y activa que vitaliza con su acción todo el sistema nervioso. Por eso en nuestra literatura se le suele llamar el vehículo de prana. En el cuerpo etérico encontramos también numerosos centros o chakras, núcleos de fuerza que, una vez actualizados mediante métodos ocultistas y desarrollando la espiritualidad, nos otorgan las cualidades y los poderes superiores para obrar como verdaderos hijos de Dios, con todas sus potencias actualizadas. Su contraparte física son las glándulas del sistema endocrino.
A los clarividentes que pueden ver el cuerpo etérico les resulta sencillo diagnosticar las perturbaciones de salud del observado, y por eso a este cuerpo también se le llama el cuerpo de salud. La mayoría de las enfermedades van descendiendo de cuerpo en cuerpo hasta manifestarse finalmente en el físico denso, de ahí la importancia de reconocer este hecho, porque permite anticiparse a la enfermedad detectándola en los cuerpos superiores. Paracelso, gran médico y ocultista, decía que las enfermedades había que curarlas en los tres cuerpos.
El cuerpo astral
Hemos visto ya, aunque solo a grandes rasgos, algunos aspectos científicos y esotéricos del cuerpo físico en su doble vertiente, visible e invisible, y comprendemos cómo el hombre, en su conciencia de vigilia y viviendo en el mundo físico, solo puede demostrar aquella parte de sus conocimientos y de sus poderes que le permite expresar un cuerpo físico con sus limitaciones. Según sea la perfección o la imperfección de su desarrollo, así será la perfección o la imperfección de su expresión en el plano físico. Del mismo modo, cuando el hombre funciona sin su cuerpo físico en otra región del universo, por ejemplo en el plano astral, solo puede expresar aquella parte de sus conocimientos y facultades que ha desarrollado, la que responde a su sensibilidad superior. En una palabra: depende de la evolución alcanzada por su cuerpo astral el que ese vehículo rinda o no al Hombre Espiritual que lo habita.
El plano astral es una región que rodea y compenetra al mundo físico, imperceptible a la observación ordinaria por estar hecho de una materia más sutil. Todos los átomos físicos tienen su envoltura astral, algo así como la matriz de lo físico. Si imagináramos que el mundo físico desaparece sin que ocurra ningún otro cambio, quedaría todavía una copia perfecta de él en materia astral, y si además pensamos que todos poseemos facultades astrales activas, al principio ni siquiera notaríamos la diferencia entre la vida y lo que llamamos muerte, porque pasaríamos de un cuerpo a otro más sutil sin perder la conciencia.
Así como en el cuerpo etérico actúa el principio prana, la energía vital, en el astral actúa el principio kama, el deseo, al que a veces se llama el alma animal del hombre, y que reúne el conjunto de apetitos, pasiones, emociones y deseos, más o menos inferiores o más o menos elevados, que el hombre puede sentir a lo largo de su vida. La capacidad de sentir emociones nos viene de tener un cuerpo astral. La psicología occidental clasifica este aspecto en instintos, sensaciones, sentimientos y emociones, considerándolos una subdivisión del pensamiento. Los sentimientos pueden definirse como nuestra naturaleza pasional y emocional. En el deseo están contenidas todas las necesidades animales, así como las pasiones: el amor, el odio, la envidia, los celos, el deseo por la existencia sensual, por los goces materiales, por la sensualidad de los ojos. Este principio kámico es el más poderoso de nuestra naturaleza inferior, el que nos ata con más fuerza a la vida terrestre, a sus apegos y a sus apetitos.
Todos sabemos que el hombre siente, y que para la mayoría el sentimiento forma parte de la vida diaria. Unos sienten más y otros menos, pero en cualquier caso las emociones juegan un papel decisivo en nuestras actividades y en nuestras relaciones cotidianas, así que para un estudio completo del hombre conviene profundizar en el origen, el funcionamiento y el propósito de la naturaleza emocional. El hombre siente, luego las emociones existen, pero ¿dónde se manifiestan? Estamos acostumbrados a experimentar una gran variedad de emociones, no solo en cantidad sino también en calidad: la ira, la gula, el impulso a veces irresistible de la sexualidad, la envidia, el enfado, la cólera, las terribles sensaciones de angustia, el odio hacia alguien o hacia algo. Pero también se dan en el hombre las emociones más elevadas y los sentimientos más nobles: la alegría, la sinceridad del corazón, la bondad, el amor más desinteresado y espiritual, la devoción mística. Vemos así la enorme variedad de emociones que puede manifestar, unas más violentas y materiales, otras más elevadas y espirituales, pero todas tienen algo en común: son manifestaciones de un aspecto del hombre que tiene su raíz en lo que los esoteristas llamamos cuerpo emocional o cuerpo astral. Las emociones no se ven; ni el odio ni el amor pueden verse, pero sí se sienten energéticamente en el cuerpo, aunque no sean del cuerpo, porque ningún microscopio podría mostrarlas. Para el vidente entrenado, en cambio, son perfectamente visibles: las ve vibrar y moverse por el cuerpo astral, unas de colores más suaves, otras más turbias, según el tipo de emoción que se esté expresando en cada momento. Las emociones son, pues, una realidad indiscutible, y como manifestaciones que son necesitan un lugar donde manifestarse: ese lugar es el cuerpo emocional, astral o de deseos del hombre.
Durante la vida, el cuerpo astral no tiene la misma forma que el cuerpo denso o el vital. Es después de la muerte cuando adopta la forma que mantuvo en vida; mientras tanto, durante la vigilia, tiene la apariencia de un ovoide luminoso que rodea por completo al cuerpo físico, como la clara del huevo envuelve a la yema, extendiéndose unos ocho centímetros más allá del cuerpo denso. En este cuerpo astral existe cierto número de centros sensoriales, aunque en la mayoría de los hombres permanecen latentes; su desarrollo proporcionaría una visión mucho más amplia del mundo, tanto en el plano físico como en el astral. Está formado por los siete estados de la materia astral, y puede estar construido de materiales más groseros o más sutiles según de cuál de esos subplanos proceda.
Resulta fácil describir a un hombre con el cuerpo astral bien formado: podemos imaginarlo abandonando el cuerpo físico y apareciendo en uno más sutil, una copia luminosa de sí mismo, visible para el clarividente e invisible para la vista ordinaria. Digo bien formado porque una persona poco desarrollada presenta en su cuerpo astral una apariencia incipiente, de contornos indefinidos, con materiales toscos y mal coordinados; si se le sacara del cuerpo físico, sería apenas una nube flotante e informe, incapaz de servir como vehículo independiente, más un fragmento de materia astral, una masa de protoplasma de tipo ameboideo, que un cuerpo organizado. Un cuerpo astral bien formado indica que el hombre ha alcanzado un nivel elevado de cultura intelectual o de desarrollo espiritual, y por lo definido de sus contornos, por la luminosidad de sus componentes y por lo perfecto de su organización puede juzgarse el estado de evolución del alma que lo usa.
El cuerpo astral es particularmente sensible a las impresiones del pensamiento. Esto es literalmente cierto, porque la materia astral responde con mucha más rapidez que la física a los impulsos del mundo mental. De ahí se deduce que una forma correcta de pensar puede desarrollar un cuerpo astral lo bastante limpio como para que en él actúe el ego, o la conciencia, con mayor plenitud. El cuerpo astral, hecho de materia astral, comparte esa misma facilidad para responder a los impulsos del pensamiento, y vibra ante todos los pensamientos que lo tocan, vengan de fuera, de la mente de otros hombres, o de dentro, de la mente de su propio dueño.
El cuerpo mental
Los pensamientos, la capacidad de imaginar, la memoria, la posibilidad de visualizar figuras en nuestra mente, como si tuviéramos un ojo y una pantalla interior capaces de ver en la oscuridad dentro del propio cerebro; el razonamiento, la analítica, la reflexión abstracta, el poder de hablar y de coordinar, y muchas otras cosas que ni siquiera hemos llegado a comprender del todo, son posibles gracias a tener a nuestra disposición un cuerpo mental.
Algunos estudiosos del tema, como suele ocurrir en toda ciencia joven, confunden con frecuencia aspectos sutiles e internos de este instrumento maravilloso que llamamos la mente: la diferencia entre el cerebro y la mente, entre la mente y el pensador, entre el pensador y el pensamiento. Intentaré arrojar algo de luz sobre cada uno de estos aspectos.
El cerebro es el vehículo físico de la mente, el recipiente donde las impresiones que proceden de ella pueden posarse e interpretarse físicamente. El cerebro es el cáliz, la mente es el vino: el cáliz contiene el vino para que pueda ser bebido, pero el vino no es el cáliz, sino algo más sutil que la copa que lo sostiene. El cerebro es el espacio físico donde trabaja la mente, que no es física, así que cuanto mejor esté el cerebro, mejor será la comunicación entre ambos.
El cuerpo mental tiene una peculiaridad frente al cuerpo astral: al mostrar su parte externa en el aura humana, crece y aumenta su tamaño y su actividad vida tras vida, encarnación tras encarnación, al mismo ritmo que el hombre se desarrolla. Como los demás cuerpos, es un vehículo puesto al servicio del hombre, y su organización y su evolución dependen en gran medida de la ejercitación consciente y del esfuerzo constructivo para su crecimiento, en cantidad y en calidad de luz, porque es la luz, y también la paz, la característica más sobresaliente de este cuerpo, y de ambas resulta la inteligencia superior.
Si observamos a un hombre más avanzado, aunque no tenga inquietud espiritual pero haya desarrollado sus facultades mentales, aunque haya educado su inteligencia, veremos que su cuerpo mental ha adquirido un desarrollo muy definido: construido de un material delicado, de colores hermosos, vibrando con una actividad enorme, lleno de vida y de vigor, es la expresión de la mente en el mundo mental. En cuanto a su función, es el vehículo inmediato en el que el yo se manifiesta como inteligencia. Cuando actúa junto al astral y al físico adopta una forma oval, como un huevo, y compenetra los cuerpos astral y físico rodeándolos de una atmósfera radiante que se va haciendo más grande a medida que aumenta el desarrollo intelectual.
En el plano mental, igual que en los demás, existen siete subplanos, con la particularidad de que se dividen claramente en dos grupos: uno de tres y otro de cuatro. Los tres subplanos superiores se llaman arupa, o sin forma, por su extrema sutileza, y los cuatro inferiores se llaman rupa, o con forma. El hombre dispone por tanto de dos vehículos de conciencia para funcionar en este plano. Dentro de los tres subplanos superiores del plano mental se encuentra lo que esotéricamente se llama la morada del alma divina, conocida también como cuerpo causal.
La personalidad
La personalidad la forma el conjunto de acciones que realizamos en los tres mundos: físico, astral y mental. El hombre no es la personalidad, pero cuando se manifiesta a través de sus cuerpos inferiores, la personalidad es lo que se manifiesta. Así como el hombre piensa, siente y actúa físicamente, así es su personalidad, de modo que cuando hablamos de ella nos estamos refiriendo en realidad a la actividad de sus cuerpos inferiores. Cuando en los estudios esotéricos se habla del equipo del hombre, se está hablando de la calidad y del desarrollo que el alma ha dado a esos cuerpos inferiores, y de ese equipo depende el potencial con el que cuenta para desarrollarse y evolucionar en la vida terrestre. Como es fácil observar, no todos disponemos del mismo equipo para enfrentarnos a las mismas circunstancias, y cuanto mejor equipados estemos, mejor coordinada estará la personalidad y con más fuerza podrá manifestar las cualidades más elevadas del alma.
El cuerpo espiritual
Existen todavía cuerpos de manifestación superiores, más elevados y más refinados, pero cuanto más ascendemos, más difícil resulta explicarlos, e incluso nombrar alguna de sus cualidades, porque solo pueden vivenciarse por el investigador iniciado, el que ha alcanzado un despertar muy por encima del estado ordinario. No voy a especular más sobre ellos, pero sí diré que existen, y que hay que atreverse a descubrirlos y a experimentarlos, porque son nuestros, nos pertenecen por naturaleza divina.
El misterio cristiano de la Santísima Trinidad no es, en realidad, tan incomprensible cuando se estudia con serenidad y con un conocimiento esotérico más profundo. Ese misterio dice que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una misma persona, un solo Dios que se expresa de tres maneras distintas. Y si aplicamos la clave hermética de la ley de las analogías, cabe preguntarse: ¿y el hombre? ¿Cómo actúa? También actúa como una trinidad: obrando, sintiendo y pensando, sin dejar por ello de ser uno solo. El hombre, igual que su creador, se manifiesta de forma triple sin dejar de ser un único ser. Siempre que queramos estudiar algún aspecto del Creador, conviene recordar que podemos descifrarlo estudiándonos a nosotros mismos, ya que, como dicen las Escrituras, el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Conociendo al Hijo podremos conocer también al Padre; basta con profundizar en la verdadera naturaleza del hijo, en la esencia de nosotros mismos, para alcanzar la verdad más alta del universo y de su Creador. Y como he dicho ya en otras ocasiones, vuelvo a citar el axioma de Hermes: como es arriba, es abajo.
Nos quedamos por ahora con estos cuatro cuerpos. Sé que a estas alturas ya se habrá hecho bastante pesado llegar hasta aquí, así que a quien lo haya conseguido, mi enhorabuena. Como algunos habréis notado, si os fijáis en la cabecera del post y observáis con atención la imagen de la mujer, veréis lo que Victoria Francés, autora de la ilustración, seguramente quiso decirnos. O al menos por eso la elegí yo.
Un abrazo, Javi