El secreto de una relación de pareja perfecta

Hoy quiero hablaros del secreto de una relación de pareja perfecta. Sé que estos no son los artículos más leídos, ni los que esperáis de mí, pero me apetecía dejar por escrito unas cuantas reflexiones, aunque solo sea para que alguno os ahorréis la llamada pidiéndome que arregle algo que ni siquiera tendría que haberse roto.

La idea de que una relación de pareja, con convivencia o sin ella —y sobre todo con ella—, tiene que ser un cuento de hadas permanente, una sucesión ininterrumpida de mimos y palabras dulces, es justo lo que nos aleja de la posibilidad real de ser felices. Con nosotros mismos, y sobre todo con quien tenemos delante.

¿Cuántos tiran la toalla en cuanto las cosas se complican? Muchos más de los que pensamos. ¿Y cuántos dejan que el tiempo o las circunstancias cambien silenciosamente lo que un día prometieron? Como ya he explicado en otros artículos, la infidelidad no consiste solo en acostarse con otra persona, salvo que eso esté pactado entre los dos. Ser infiel es prometer, de palabra, por escrito o simplemente con los hechos, que vas a ofrecer y a recibir ciertas cosas, y luego cambiar de versión sin avisar. Somos así: mudamos de opinión según nos conviene, sin contar con el otro, y en el amor no íbamos a ser distintos. Luego nos quejamos de sentirnos solos, de no encontrar a nuestra media naranja, de que nadie es como lo imaginábamos, y en el peor de los casos acabamos concluyendo que "todos son iguales" o que "las mujeres son peores" o "los hombres son peores", según toque. Vamos de relación en relación cargando siempre la culpa sobre el otro.

Y os lo digo muchas veces: si acumulas tres o cuatro fracasos sentimentales, es posible que aún no hayas dado con la persona adecuada. Pero si los cuentas por decenas, hazte mirar eso, porque el responsable, casi con toda seguridad, eres tú.

Y esto ocurre, en el fondo, por falta de honestidad. El amor de verdad, el que no sale en las películas, no es un paraíso permanente. El amor sincero consiste en vivir la vida con sus sinsabores, en asumir que nuestra imperfección es precisamente lo que nos permite mostrarnos, y ver al otro, tal como somos. El amor de verdad nos acepta así. Pero aquí está el quid: hay que ser, no interpretar. Comportarnos con nuestra pareja como si fuera una prolongación de nosotros mismos, sin fingir, y sobre todo sin cargarle la culpa de los males del mundo, del trabajo o de la familia.

¿Cuánto estamos dispuestos a aceptar? ¿Cuántos defectos, cuántos errores? En el trabajo, cuando alguien nos corrige o nos hace una crítica constructiva, solemos entenderlo como un favor que nos ayuda a mejorar, y hasta se lo agradecemos. ¿Por qué en el amor no funciona igual? Ahí solemos interpretar cualquier crítica como un reproche cargado de mala intención. Con un matiz importante, claro: siempre que la demanda sea razonable. Nadie tiene que quedarse en una relación que le va minando la autoestima día tras día sin ningún motivo. Pero no es de eso de lo que hablo. Hablo de sentirnos agraviados porque el otro no nos mira exactamente como queremos, porque nos señala alguna manía, porque un día pierde la paciencia con nuestras tonterías. Es normal. No es perfecto, es humano, y actúa como tal.

¿Os habéis parado a pensarlo alguna vez? ¿Por qué nos empeñamos en sentirnos heridos ante la crítica de quien nos ama?

Podéis estar en total desacuerdo conmigo, pero yo creo que la razón es que no queremos renunciar a que nos sigan viendo como el primer día, bajo el efecto del enamoramiento más intenso —ese estado que, dicho sea de paso, nadie debería confundir con el amor—: perfectos, brillantes, guapos, y todo lo demás. Somos así de frívolos, de creídos, algunas veces nos falta bastante humildad. Aunque, tampoco os voy a engañar, ¿quién no quiere sentirse visto como aquella primera vez, como la última maravilla del mundo?

Nadie dice que no puedas echar de menos aquello. Pero cuando ese deseo oculto se convierte en el motivo por el que te alejas de alguien que te quiere y a quien quieres, es momento de pararse a pensar.

Porque la realidad, y esto es así, es que quien te ama es precisamente quien te ayuda a mejorar, quien se empeña en que no te envanezcas ni hagas el ridículo, quien te pide justamente aquello que le prometiste que le darías, y espera de vuelta lo que él o ella te prometió a ti. A quien no le importas, en cambio, le da todo igual. Las relaciones sin debate, sin conversación, incluso sin alguna discusión de vez en cuando, están condenadas al fracaso, porque eso solo significa una cosa: que no le importas tú, o no le importa la relación.

¿Y por qué habría que tener en cuenta lo que dice tu pareja? Muy sencillo: porque te ama. Y cuando le pides sinceridad total, ¿por qué no vas a aceptar la verdad completa cuando llega, aunque no te guste?

Insisto en algo: nunca hay que perder la esencia de quien uno es. Por eso es tan importante conocerse, saber qué se quiere y qué se puede ofrecer de verdad, y ser sincero al respecto. Como dice el refrán, obras son amores, y no buenas razones.

Así es el amor: a veces nos hace sonreír, disfrutar, vivir un estado que no se parece a nada más. Y otras veces nos expulsa del paraíso y nos baja al infierno, que no es otra cosa que la realidad más cruda. Porque el amor, ante todo, debe ser sincero, y la sinceridad siempre tiene dos caras: una dulce y otra amarga.

Equilibrar esa balanza, conseguir que la parte dulce ocupe el ochenta por ciento del tiempo, y ser felices en esa proporción, ya merece llamarse una relación perfecta. No busquéis el cien por cien, eso solo lo ofrece Disney. Pero tampoco os conforméis con menos del ochenta.

Dad. Y no os conforméis con menos.

Un abrazo,
Javier Sanjuán, especialista en amarres de amor y, por tanto, bastante curtido ya en esto de las relaciones de pareja después de más de treinta años escuchándoos.

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