Todos tenemos un plan hasta que nos parten la boca

Un amigo me recordó el otro día aquella frase de Tyson: "Todo el mundo tiene un plan hasta que le dan un puñetazo en la boca".

Y no hay mejor forma de resumir esa costumbre tan humana de creernos muy enteros justo antes de que la vida nos parta la cara. A mí también me ha pasado, así que no te hablo desde fuera.

Antes del golpe todos somos muy listos. Todos sabemos lo que haríamos, lo que jamás permitiríamos, lo que nunca perdonaríamos y lo firmes que nos mantendríamos si la vida decidiera ponerse fea.

Desde el sofá todo el mundo es valiente. Desde la barra del bar todo el mundo tiene principios. Desde la comodidad de casa, todos hablamos como si nos hubiéramos leído un manual de filosofía para dummies.

Luego llega el puñetazo.

Y ahí, amigo mío, toda esa filosofía de librito de autoayuda se va a la mierda.

El golpe no pide permiso. No respeta tu imagen de persona equilibrada ni espera a que encuentres una frase bonita para colgar en redes. Entra, rompe la puerta y te deja ahí, con tus teorías por el suelo y la boca llena de sangre, descubriendo que quizá no eras tan fuerte, tan libre ni tan sereno como te gustaba creer.

Y no, no todo pasa por algo.

O sí.

Por gilipollas, por ejemplo.

Hay golpes que enseñan y otros que solo te tiran al suelo como a un bicho bola, con todo mi respeto al bicho bola. Hay dolores que no vienen a iluminarte, sino a recordarte que la vida no siempre es una maestra. A veces es simplemente una hija de puta con puntería.

Pero el golpe sí hace una cosa, y esto quiero que te lo quedes: te quita el disfraz.

Te enseña si tu calma era fuerza o solo falta de problemas. Si tu bondad era virtud o simple comodidad. Si tu amor propio existía de verdad o dependía de que alguien no te abandonara.

Todos tenemos un plan antes del puñetazo. Después, ya no importa ese plan.

Importa lo que haces con la sangre en la boca. Si te levantas. Si aprendes. Si lloras. O si prefieres culpar a Mercurio retrógrado de tu inutilidad.

El golpe llegará. Dalo por hecho.

Y cuando llegue, no te preguntará quién decías ser.

Te mostrará quién eres.

Un abrazo.

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