Quien no puede ser feliz, no puede dar felicidad.

O SE PUEDE DAR, LO QUE NO SE TIENE.

Quien no ha encontrado la paz, no puede ofrecérsela a nadie.

Quien carga con el peso del descontento, no tiene cómo aliviar el peso de los demás.

Por eso hay quienes iluminan cada espacio que habitan, así como quienes lo oscurecen todo a su paso, dejando tras de sí una estela de pesimismo y rencor.

No se puede entregar lo que el corazón no guarda.

¡No se puede entregar lo que el corazón no guarda!

Al escuchar estas palabras, la mente suele correr hacia las posesiones, hacia lo tangible, hacia lo que se puede tocar o contar. Pero esta reflexión va mucho más adentro. Habla de aquellos que amanecen cada día con una queja en los labios y una culpa en los ojos, siempre apuntando hacia afuera, siempre creyendo que la vida les robó algo que merecían. Personas que codician lo ajeno sin valorar lo propio, que tienen pero no ven, que reciben pero no agradecen.

Todo cambiaría si se detuvieran un instante a descubrir que la verdadera alegría no llega envuelta en grandes cosas, sino en las más simples: el color del cielo al despertar, el perfume de una flor al pasar, la risa espontánea de un niño, o el simple y profundo acto de dar gracias por estar vivo.

Pero hay quienes, aunque se les muestre todo eso, permanecen cerrados. No porque sean malos, sino porque están vacíos. Y desde el vacío no se puede florecer. Tú, en cambio, puedes ver la belleza en lo pequeño porque llevas dentro amor, esperanza e ilusión. Eso es lo que te hace completo.

Si tienes amor adentro, puedes darlo afuera.

Y eso, sin duda, es lo más valioso que existe.

Hay quienes creen que ser feliz significa no tener problemas. Nada más lejos de la verdad. La persona plena también sufre, también cae, también llora. La diferencia está en que se levanta. Porque cuando uno está lleno por dentro, ningún golpe logra apagar del todo la luz. Los problemas se convierten en lecciones, y las caídas, en impulso para seguir.

La felicidad verdadera nace cuando el alma está en paz con lo que es y con lo que hace. Y cuanto más amor se reparte, más crece ese amor adentro, hasta que desborda y no hay forma de contenerlo. Eso convierte a una persona en un punto de encuentro, en alguien a quien todos buscan, porque irradia algo que no se compra ni se finge: autenticidad y plenitud.

Pero también existe el otro extremo. Personas que no pueden dar porque nada bueno habita en ellas. Son como tierra seca bajo un sol implacable: por más que llueva, nada brota. Viven en la queja permanente, deseando todo y ofreciendo nada, consumiéndose en una amargura que no perdona ni a los más cercanos. Y aunque duela reconocerlo, hay muchas personas así a nuestro alrededor.

No tiene sentido esperar flores de quien solo conoce el desierto.

Por eso, hay momentos en la vida en que es necesario soltar. Soltar el pasado que ya no cambia, soltar la idea de que el mundo nos debe algo, soltar a quienes viven convencidos de que la felicidad ajena es una injusticia. Son almas insatisfechas que han hecho de la tristeza su hogar, y si uno no se cuida, terminan por teñir también nuestra mirada.

Alejarse no es abandono. Es cuidado propio.

La vida está hecha para vivirla con los brazos abiertos, regalando lo mejor de uno mismo, sembrando en cada encuentro una semilla de amor. Poder decir con orgullo: "Yo doy lo que tengo, y lo que tengo es mucho: me sobra alegría, me sobra amor. Camino contra la corriente si hace falta, pero dejo felicidad a mi paso."

Quienes le dan la espalda a esa posibilidad, quienes eligen la oscuridad cuando la luz está al alcance, se pierden en un camino sin destino.

Y eso, más que cualquier otra cosa, es la verdadera pobreza.

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