Sexo de una noche: un intercambio de desechos emocionales
Saludos. Una mujer me contó cómo fue su vida durante casi un año y medio. Los viernes por la noche cenaba una hamburguesa, se tomaba un par de cervezas y se echaba unas risas con los amigos. Después llegaban las copas, la vista se le enturbiaba, conocía a alguien, charlaba un rato sin escuchar nada de lo que le decían, se iba a su casa, gastaba en un polvo las pocas fuerzas que le quedaban y caía rendida en una cama desconocida.
Aquello no le preocupaba. Salía, conocía a un tío y, si le apetecía, se lo llevaba a la cama. Follaban en la casa de él, en la de ella, en el coche y donde les daba la gana. A veces los conocía tras un intercambio de sudores en una discoteca, y otras veces después de varias conversaciones por las aplicaciones para ligar, donde, según me dijo, follarse a alguien es muy fácil.
Que se fuera con quien quería y cuando quería provocaba constantes debates entre sus conocidos sobre su moral, su dignidad y la libertad sexual, y a ella siempre le resbalaron, hasta que llegó a una teoría que vinculaba el sexo y la energía. Cayó en sus manos La pareja multiorgásmica, de Mantak Chia, y de ahí pasó a otros libros que le explicaban la extraña sensación de vacío postcoital que cada mañana arrastraba hasta su casa por el intercambio a nivel energético que se produce durante el sexo.
Desde entonces piensa que el sexo es mucho más importante de lo que parece. Es esencial, es poderoso, da vida y también la quita, y puede generar tanto las mayores maravillas de este mundo como las peores atrocidades. Sin embargo, la mayoría de las personas vivimos ajenas a todo su potencial y lo relegamos a un acto primitivo y disfuncional que agota nuestras reservas de energía.
Según lo que aprendió, durante el sexo y sobre todo en el orgasmo se produce una especie de "fusión nuclear" entre las dos personas, que puede resultar maravillosa o nefasta según las condiciones en que se dé. Con alcohol, drogas, comida pesada, música alta y un compañero de cama elegido a ciegas, los dos se descargan de estreses, tensiones y emociones negativas y las cargan sobre el otro, de modo que el encuentro se convierte en un extenuante intercambio de desechos emocionales entre desconocidos. Justo lo que ella hacía tan a menudo.
En sus investigaciones aprendió que, para elevar un poco la experiencia sexual, lo primero es evitar todo lo que rodea a la noche de fiesta y nos baja la energía. Igual que los colores, los sonidos y todo lo que puebla este mundo, cada persona tiene un nivel de vibración que depende de sus experiencias, sus emociones, sus creencias, lo que piensa, lo que come y un sinfín de cosas más. Una persona con una frecuencia baja sería basta, agresiva e insensible, y otra con un nivel vibratorio mayor sería más sutil, creativa y perceptiva. Aumentan la energía la dieta sana (generalmente vegetariana), el contacto con la naturaleza, la meditación o las emociones positivas, y la estrangulan el alcohol, el tabaco, la violencia o ciertos tipos de música.
En el sexo esos niveles tienden a igualarse, por lo que conviene haber elegido una pareja afín, y para eso hay que estar en plenas facultades. Con alguien con quien sabemos que congeniamos medianamente, el sexo es algo menos "nocivo" que lo descrito antes, pero seguimos lejos de experimentar su potencial.
Muchas culturas orientales incluyen la sexualidad como práctica de elevación espiritual, mientras que otras, a las que no les interesa que las personas se eleven de ninguna manera, la condenan, la prohíben y la estigmatizan. Las sesiones de sexo tántrico, por ejemplo, se parecen más a un ritual que al aquí te pillo, aquí te mato de la discoteca. Pueden durar cinco o seis horas, y para prepararlas se come determinada comida o se hacen masajes que eliminan de antemano las tensiones. Entre otras cosas se emplean técnicas para inhibir la eyaculación masculina, de modo que la energía que se produce durante la excitación y que normalmente se expulsa a los quince minutos se acumula durante horas y lleva a las personas a niveles de expansión de conciencia a los que, dice ella, es imposible llegar solo meditando durante veinte años.
Ella misma reconoce que le cuesta creer que viviera el sexo de manera tan vacía durante tanto tiempo, aunque aquella experiencia se convirtió un día en una llamada de atención que la llevó a descubrir otra dimensión. Por eso no será ella quien dé consejos a nadie para que haga o deje de hacer: cada uno encuentra su camino cuando está preparado. O no.