Tú lo llamas suerte. Yo, constancia. La suerte no existe.

Al menos no para mí, ni en mi cabeza, ni en mundo. Ni en mi forma de vivir.

LA SUERTE NO EXISTE, EXISTE LA CONSTANCIA

La palabra suerte tiene un origen antiguo. Su etimología nos lleva hasta la época de los romanos, cuando utilizaban pequeñas tablillas de madera o piedras pulidas llamadas sors. Aquellos objetos eran lanzados al aire y, según la forma en que caían, se intentaba interpretar el destino. Con el tiempo, sors se transformó en sortes y, finalmente, en la palabra suerte que conocemos hoy.

Desde los albores de la humanidad, las personas han buscado respuestas. Han tratado de comprender aquello que parece inexplicable y encontrar sentido en los acontecimientos de su vida. La suerte nació precisamente de esa necesidad de imponer orden sobre el caos, de encontrar una explicación cuando las cosas no salen como esperamos.

Sin embargo, la suerte no deja de ser una palabra. Un término más dentro de un diccionario. El verdadero peligro aparece cuando la conviertes en una creencia absoluta y le entregas el control de tu vida.

Porque la suerte no existe.

No existe ningún número mágico capaz de transformar tu existencia de la noche a la mañana. No existe un horóscopo que determine si hoy triunfarás en el amor o fracasarás en la salud. No existen las velas amarillas que atraen la fortuna ni las oraciones repetidas mecánicamente que harán que mañana te toque la lotería.

Tampoco encontrarás tu destino comprando amuletos, colgando búhos en cada rincón de tu casa o persiguiendo desesperadamente un trébol de cuatro hojas. Son fantasías a las que muchas personas se aferran mientras esperan que algún milagro venga a rescatarlas.

Esperan que aparezca un mago, un gurú, una señal divina o una solución mágica que cambie sus vidas sin que tengan que mover un solo dedo.

Pero la realidad es mucho más sencilla y mucho más incómoda.

Nadie va a hacerlo por ti.

Ningún mago llamará a tu puerta. Ninguna fuerza misteriosa resolverá aquello que tú no estás dispuesto a afrontar. Y aunque existiera el mejor mago del universo, sus esfuerzos serían inútiles si tú permaneces inmóvil.

¡DESPIERTA!

Deja de buscar fuera lo que siempre ha estado dentro de ti.

Transforma las supersticiones en decisiones. Cambia las excusas por acciones. Sustituye las esperanzas vacías por objetivos concretos.

Y descubrirás algo extraordinario.

No necesitas que nadie te conceda aquello que deseas.

Puedes conseguirlo tú mismo.

Y conseguirlo de verdad.

Lo que sí existe es la constancia.

Eres torpe. Eres inexperto. Eres imperfecto.

Y cuanto antes lo aceptes, antes empezarás a avanzar.

Eres torpe porque te equivocarás una y otra vez. Tropezarás con la misma piedra tantas veces que terminarás aprendiendo más de ella que de cualquier libro. Confiarás en personas que no lo merecen. Cometerás errores absurdos. Tomarás malas decisiones.

Y eso está bien.

Porque cada caída te enseña algo que jamás aprenderías permaneciendo quieto.

Eres inexperto porque nunca terminarás de aprender. Siempre habrá algo nuevo que descubrir, una habilidad que mejorar, una perspectiva diferente que incorporar. La experiencia no es un destino al que se llega; es un camino que se recorre cada día.

Y eres imperfecto.

Profundamente imperfecto.

Precisamente por eso eres único.

Cuando comprendas esto, entenderás también que lo único capaz de impulsarte hacia adelante es la constancia.

La constancia de levantarte cuando no tienes ganas.

La constancia de seguir cuando los resultados tardan en aparecer.

La constancia de mejorar un poco cada día.

La constancia de trabajar mientras otros esperan milagros.

La constancia de seguir construyendo incluso cuando nadie aplaude.

Solo así llegan los resultados.

Solo así llegan los logros.

Solo así aparece aquello que muchos llaman suerte.

Pero no es suerte.

Es el fruto acumulado de cientos de pequeñas acciones realizadas con disciplina, voluntad y determinación.

A veces necesitarás más esfuerzo.

A veces menos.

Pero siempre necesitarás constancia.

Por eso deja de repetir frases como:

“Qué mala suerte tengo.”

“Siempre tengo mala suerte en el amor.”

“Ojalá tuviera tu suerte.”

“Espero tener suerte.”

Sustitúyelas por algo mucho más poderoso:

“Tendré constancia.”

“Soy constante en el amor.”

“Quiero tu constancia.”

“Seguiré intentándolo.”

“Seré constante hasta conseguirlo.”

¿Notas la diferencia?

Las palabras cambian.

Pero sobre todo cambia tu actitud.

Y cuando cambia tu actitud, cambian tus resultados.

La constancia conduce al éxito.

No hablo del éxito superficial que busca impresionar a los demás.

Hablo del éxito que te permite mirarte al espejo y decir:

"Lo conseguí."

Y cuando llegues a esa meta, no te detengas.

Vuelve a empezar.

Hazlo otra vez.

Hazlo mejor.

Hazlo con más experiencia.

Hazlo con más sabiduría.

Hazlo con más constancia.

Porque la suerte nunca fue la responsable de tus victorias.

Siempre fuiste tú.

Anterior
Anterior

10 cosas que no sabías sobre la Ley de la Atracción que podrían acabar con tu infelicidad

Siguiente
Siguiente

La metáfora del rosal