Muévete que no eres un puto árbol
La gente se ahoga en un vaso de agua y luego se pregunta por qué no avanza.
Hace frío, hace calor, es lunes, he dormido mal, esta semana tengo mucho lío. Siempre hay algo.
Y mientras uno espera a que llegue ese día maravilloso en el que todo encaje, pasan los meses y, con un poco de empeño, también los años.
Luego miras atrás y descubres que sigues prácticamente en el mismo sitio, solo que más viejo y con las excusas mucho mejor ensayadas.
El problema es que mucha gente confunde las ganas con la motivación.
Las ganas son levantarte un lunes convencido de que vas a cambiar tu vida. Te compras unas zapatillas, una agenda, medio Decathlon y, si la cosa se pone seria, hasta un bote de proteínas con un vikingo en la etiqueta que parece haber conquistado media Europa haciendo sentadillas.
Llega el martes y ya no tienes tantas ganas.
Y ahí empieza el problema, porque si todo dependía de cómo te sintieras ese día, estabas jodido desde el principio.
La motivación es otra cosa. Motivación viene de motivo, y eso significa que necesitas saber por qué coño quieres hacer lo que dices que quieres hacer.
«Quiero cambiar mi vida» queda muy bien. «Quiero estar mejor» también. «Quiero ser mi mejor versión» ya viene casi con una puesta de sol de regalo.
Pero todo eso sirve de bastante poco si no sabes qué hay detrás.
¿Por qué quieres entrenar? ¿Por qué quieres estudiar? ¿Por qué quieres dejar ese trabajo?
Busca una respuesta que te importe de verdad, porque habrá muchos días en los que no tendrás ganas.
Y esos días son precisamente los que ponen a prueba el motivo.
Si el motivo pesa lo suficiente, puedes levantarte sin ganas, entrenar, estudiar y hacer lo que toca aunque ese día preferirías quedarte tocándote los huevos a dos manos.
No hace falta estar inspirado cada mañana, que no eres Picasso. Hace falta tener claro para qué coño estás haciendo el esfuerzo.
Las ganas se acaban. El motivo te mueve y la disciplina hace que sigas haciendo lo que toca cuando esas ganas desaparecen, que desaparecerán. Porque las ganas son bastante cabronas: suelen marcharse precisamente cuando empiezan a hacer falta.
Y mientras tú decides si hoy te sientes preparado, el tiempo sigue corriendo. No negocia contigo, no espera a que estés de humor y tampoco devuelve los días que has perdido.
Así que deja de poner excusas.
Busca un motivo.
Uno que te importe de verdad.
Y cuando lo tengas, muévete. Aunque estés cansado, aunque no te apetezca, aunque hoy no sea tu mejor día.
Pero muévete.
Que no eres un puto árbol.