PEQUEÑAS MANERAS DE SER UNA PERSONA INFELIZ

Las costumbres que te alejan de la felicidad sin que te des cuenta

¿Te has preguntado alguna vez qué es exactamente lo que te impide sentirte bien contigo mismo? Seguramente tengas alguna pista, todos la tenemos, pero muchas veces aquello que nos roba la felicidad está tan metido en la forma de pensar y de actuar que ha terminado formando parte de la rutina, y lo vemos como algo normal cuando en realidad nos está condicionando bastante más de lo que imaginamos.

Hay una serie de hábitos que alimentan la infelicidad, y si no te das cuenta de ellos pueden acompañarte durante años sin que sepas ni por qué.

El primero, y probablemente el más extendido, es la queja constante. Conozco a gente que ha desarrollado un talento asombroso para encontrar el lado malo de cualquier cosa, esos que ven un vaso lleno y solo se fijan en lo que falta para llenarlo del todo. Cuando te acostumbras a mirar la vida así, todo empieza a parecerte gris, y si solo te fijas en lo que te falta, en lo que salió mal o en lo que no tienes, acabas convenciendo a tu cabeza de que no hay nada bueno a tu alrededor, cosa que rara vez es cierta. En vez de quejarte de que tienes demasiado trabajo, podrías agradecer que tienes un empleo; en vez de machacarte con una dificultad puntual, podrías mirar todo lo que ya has conseguido superar. Lo que te repites cada día tiene más peso del que crees: tu mente escucha y, con el tiempo, se dedica a buscar pruebas de aquello que le dices una y otra vez.

Otro camino directo a la infelicidad es evitar los problemas. Hay quien prefiere tirar la toalla antes de intentarlo, buscar una excusa a mano o esperar sentado a que la dificultad se resuelva sola, como si el universo tuviera tiempo para eso. Los problemas que se ignoran casi nunca desaparecen; lo que suelen hacer es crecer. Y cada vez que evitas enfrentarte a algo también te alejas un poco de tus metas, de tus proyectos y de la persona que podrías llegar a ser. El orgullo, el miedo a fracasar o la falta de confianza se disfrazan de razones sensatas, pero en el fondo son solo obstáculos que uno mismo se pone en el camino.

Existe además una trampa especialmente traicionera: compararte constantemente con los demás. Siempre habrá alguien más guapo, más exitoso, más listo o con más dinero, y siempre encontrarás a alguien cuya vida, vista desde fuera, parece mejor que la tuya. El problema no es mirar; el problema es convertir esa comparación en la vara con la que mides tu propio valor. Si nunca reconoces lo tuyo, tus avances, lo que has logrado, jamás vas a sentir que eres suficiente, y quien vive convencido de que no llega difícilmente puede sentirse en paz.

La felicidad también se te escapa cuando vives instalado en el futuro. Preocuparte sin parar por lo que podría pasar mañana es una manera muy eficaz de tirar el presente por la ventana, porque la mayoría de las cosas que tememos jamás llegan a suceder, aunque el miedo, la ansiedad y la incertidumbre te sequen la energía como si fueran reales. Cuando solo piensas en lo que puede salir mal terminas paralizado, y una persona paralizada por el miedo casi nunca toma las decisiones que le harían falta.

Otro motivo habitual es pasarte los años haciendo cosas que no te gustan. Es verdad que no siempre se puede vivir de aquello que te apasiona, pero eso no significa que tengas que enterrar tus sueños o tus talentos en un cajón. Todos necesitamos algún espacio para disfrutar, para crear, para aprender, para sentirnos vivos de verdad y no solo funcionando. Cuando renuncias del todo a lo que te ilusiona vas apagando, poco a poco, una parte de ti que no te devolverá nadie. Y donde no queda ilusión, la felicidad tiene poco que hacer.

Las relaciones que te drenan también pesan lo suyo. Hay gente que te deja agotado cada vez que hablas con ella: critica todo el rato, jamás celebra lo tuyo, encuentra un pero para cada solución y convierte cualquier charla en una carga. Mantener cerca a quien te humilla, te manipula o te hace sentir poca cosa te cuesta caro, aunque no lo notes de golpe. A veces cuesta poner distancia porque son familiares o amigos de toda la vida, pero cuidarte también significa aprender a decir hasta aquí.

Otro error clásico es empeñarte en cambiar a todo el mundo mientras te olvidas de cambiar tú. Es fácil pensar que serías más feliz si tu pareja fuera de otra manera, si tus hijos hicieran lo que tú quieres o si tu trabajo fuera mejor. Pero la responsabilidad, la de verdad, siempre empieza por uno mismo, y la felicidad no llega cuando el mundo se pliega a lo que quieres, sino cuando te ocupas de tus propias reacciones y de tus propias decisiones, que son las únicas que de verdad manejas.

Y por último está la costumbre que más tranquilidad le roba a la gente: vivir pendiente de lo que opinen los demás. Si necesitas caerle bien a todo el mundo, acabarás agotado, porque siempre habrá quien critique lo que haces, quien no esté de acuerdo o quien te juzgue sin conocer ni la mitad de tu historia. No has venido a este mundo a cumplir las expectativas de nadie; has venido a vivir la tuya. Y eso empieza el día que dejas de perseguir el aplauso ajeno y te haces caso a ti mismo.

Porque al final la felicidad depende menos de lo que pasa fuera y bastante más de las decisiones que tomamos cada día, aquí dentro, cuando nadie está mirando.

Un abrazo.

Javier Sanjuán

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