¿Saltas al abismo?

EL ABISMO QUE NOS SEPARA DE NUESTRA PROPIA LUZ

Hace muchos años alguien me dijo una frase que quedó grabada para siempre en mi memoria:

"La única manera de crecer es atreverte a sentirte incómodo."

Aquellas palabras me impactaron profundamente porque comprendí algo que hasta entonces había pasado por alto: gran parte de mi frustración, de mis vacíos y de mis insatisfacciones no provenían de las dificultades de la vida, sino de haber permanecido demasiado tiempo dentro de una zona de comodidad.

Y eso nos sucede a todos.

Después de atravesar etapas difíciles y alcanzar ciertos espacios de estabilidad, tranquilidad o confort, tendemos a pensar que hemos llegado al destino final. Queremos instalarnos allí para siempre, convencidos de que no existe nada mejor que permanecer donde todo parece seguro y conocido.

Sin embargo, la vida tiene otros planes.

Llega un momento en el que comenzamos a percibir señales sutiles.

Mensajes que nacen desde lo más profundo de nuestro ser.

Llamadas silenciosas que nos invitan a transformarnos, a crecer y a avanzar.

Pero solemos ignorarlas.

Nos esforzamos por permanecer donde estamos.

Buscamos argumentos para no movernos.

Inventamos razones para no cambiar.

Y entonces ocurre algo inevitable.

Lo que antes era comodidad comienza a convertirse en incomodidad.

Las pequeñas advertencias se transforman en sacudidas.

Las sacudidas se convierten en golpes.

Y los golpes terminan convirtiéndose en caídas que nos obligan a mirar aquello que llevábamos demasiado tiempo evitando.

Aun así, muchas veces seguimos resistiéndonos.

Pero las espirales evolutivas no pueden detenerse.

La evolución de la conciencia seguirá ocurriendo con o sin nuestra aprobación.

Por eso siempre me pregunto:

Si el cambio es inevitable, ¿por qué esperar al empujón cuando podemos caminar voluntariamente hacia él?

¿Por qué acumular problemas, frustraciones y resistencias cuando podemos colaborar con nuestro propio crecimiento?

La respuesta suele ser la misma.

Miedo.

Miedo a dar el salto.

Miedo a abandonar lo conocido.

Miedo a cruzar aquello que percibimos como un abismo imposible de atravesar.

Y ese abismo está construido con muchos nombres distintos.

Temor a lo desconocido.

Temor a decidir.

Temor a actuar de manera diferente.

Temor a explorar territorios nuevos.

Temor a enfrentarnos a determinadas personas o situaciones.

Temor a abandonar la rutina que, aunque nos asfixia, al menos nos resulta familiar.

Temor a despertar capacidades que todavía no hemos utilizado.

Temor a sacar nuestros sueños a la luz y permitirles respirar.

Pero con el tiempo descubrí algo sorprendente.

No tememos tanto a la oscuridad como a nuestra propia luz.

Durante años pensé que el mayor desafío consistía en enfrentar mis sombras.

Creía que en lo más profundo de mí encontraría monstruos inmensos y aterradores.

Y sí, encontré heridas.

Encontré miedos.

Encontré limitaciones.

Pero también descubrí algo mucho más importante.

Encontré una parte de mí que llevaba demasiado tiempo esperando ser liberada.

Una parte inocente, entusiasta y llena de vida.

Una parte que deseaba expresarse libremente.

Una parte que conocía perfectamente el camino que había venido a recorrer.

Comprendí entonces que su liberación era también la mía.

Que aquello que llamamos alma siempre intenta guiarnos hacia nuestro verdadero potencial.

Y que los abismos que tanto tememos suelen ser construcciones imaginarias levantadas por experiencias pasadas, por creencias limitantes y por viejos condicionamientos que nada tienen que ver con nuestras posibilidades reales.

Comprendí que ya poseía todo lo necesario para saltarlos.

Que no me faltaban capacidades.

Que no me faltaban recursos.

Que no me faltaba fuerza.

Lo único que me faltaba era confianza.

Pero no una confianza nacida del ego.

Porque el ego siempre encuentra motivos para dudar.

Siempre encuentra razones para temer.

Siempre encuentra excusas para permanecer inmóvil.

La verdadera confianza nace de algo más profundo.

Nace de la certeza interior.

Nace de la conexión con aquello que realmente somos.

Nace del alma.

Y poco a poco he ido descubriendo algo extraordinario.

He descubierto que dentro de cada ser humano existe un potencial inmenso esperando ser reconocido.

Una luz que muchas veces asusta precisamente por su magnitud.

Y cuando esa luz comienza a manifestarse, solemos ocultarnos.

Nos retraemos.

Nos hacemos pequeños.

Volvemos a escondernos detrás de nuestras limitaciones.

Hasta que, una vez más, recuperamos la confianza.

¿Te parece arrogante pensar que eres mucho más de lo que crees?

No lo es.

Porque tú también posees esa misma luz.

Todos la poseemos.

Y precisamente por eso tantas veces nos refugiamos en nuestras sombras.

Porque resulta más cómodo justificar nuestras limitaciones que asumir nuestra verdadera grandeza.

Ese es, quizás, el mayor salto que podemos dar.

Reconocer que somos mucho más de lo que hemos creído ser.

Comprender que dentro de nosotros ya existe aquello que buscamos.

Que lo que deseamos ser, hacer o alcanzar ya habita en nuestro interior esperando ser revelado.

No se trata de convertirnos en algo nuevo.

Se trata de recordar lo que siempre hemos sido.

Se trata de manifestarlo.

Se trata de permitir que emerja.

Vivimos además en tiempos donde el miedo parece multiplicarse constantemente.

Las noticias, las preocupaciones, la incertidumbre y los mecanismos de control alimentan la sensación de inseguridad.

Por eso hoy más que nunca resulta necesario detenerse.

Respirar.

Mirar hacia dentro.

Apartar la niebla mental.

Disolver las sombras.

Y buscar nuestra propia luz.

Escucha la voz de tu alma.

Atiende sus mensajes.

Da el salto.

Confía.

Porque muchas veces el abismo que tanto tememos no existe.

Y cuando finalmente nos atrevemos a cruzarlo, descubrimos que siempre estuvimos guiados hacia aquello que necesitábamos vivir.

Autora: Laura Foletto

Anterior
Anterior

Buscando descubrí

Siguiente
Siguiente

Desvaríos de un luchador