Saludos a todos. Voy a publicar una serie de posts sobre los seres que dejan este plano y sobre lo que ocurre después, y como no podía ser de otra forma empiezo por el primer paso, que lógicamente es fallecer. Hablaremos por tanto de los difuntos y de los espíritus.
Es un tema algo problemático, porque los sentimentalismos que cada uno pueda tener nos nublan la visión de lo que ocurre en realidad, así que lo voy a tratar con el máximo respeto. No es que a los demás temas no los respete, pero en estos posts no usaré mi humor habitual y me pondré más serio de lo normal para no herir la sensibilidad de nadie.
Como siempre insisto, mis palabras son única y exclusivamente mi opinión, basada en mis creencias. Estas se apoyan en años de estudio y de experimentos empíricos (dentro de lo empírico que se puede ser en este tema concreto) pero sobre todo, como veréis a lo largo del post, en algo que para mí es fundamental: la coherencia entre las distintas creencias que tengo sobre el universo mágico y sobre la vida. Aun así, y siendo sincero como siempre, puedo estar equivocado, lógicamente, y de buena fe.
Empecemos por el momento anterior a la muerte. A esta vida hemos decidido venir nosotros, nadie lo decide por nosotros, con una hoja de ruta en la que lo único inamovible, y por tanto imprevisible para cualquier mago, tenga el nivel que tenga, son el día del nacimiento y el de la muerte. Hay que dar por buena la teoría de que, aunque el destino como tal no exista, sí hay dos momentos predestinados por nosotros mismos antes de nacer: el momento, el lugar y los padres que se encargarán de nuestra llegada, y el momento, el lugar y las circunstancias de la partida. Nada de lo que hagamos en esta vida va a cambiar esas dos fechas, y ningún agente externo puede adelantarlas ni atrasarlas.
Eso no quiere decir que, como ya tenemos hora y momento de partir, podamos descuidar nuestro «vehículo» para este plano. Tanto el viaje como la propia partida pueden ser más o menos traumáticos, para nosotros y para nuestros seres queridos, según cómo hayamos cuidado el cuerpo y el alma. Un cuerpo en condiciones óptimas y una energía libre de impurezas hacen que el tránsito sea más agradable. Morir es inevitable, pero cómo afrontemos la muerte, ya sea la nuestra o la de un ser querido, sí es algo que podemos «edulcorar» y mejorar.
En otros posts hablo de forma más metafísica (véase el apartado de teoría), así que doy por hecho que quienes leéis este ya habéis pasado por allí y entendéis los motivos de nacer en este plano. Me lo salto y me voy directo al final.
Nuestro cuerpo físico, el vehículo del que hablaba antes, tiene fecha de caducidad, y también la tienen las emociones, las relaciones sociales y familiares y todo lo que va estrictamente ligado a ese cuerpo con nombre y apellidos. Por mal que nos sepa y por poco romántico que parezca, al dejar el cuerpo físico dejamos atrás todo lo vinculado a él. Perdemos la identidad, o al menos la que teníamos, y volvemos a ser energía pura, sin limitaciones y sin vínculos con este plano.
Creo que queda claro, pero por si acaso pongo un ejemplo personal, para que se vea que hablo desde el raciocinio y no desde la emoción. Mi padre falleció hace más de veinte años. Cuando su alma dejó su cuerpo, todo lo que lo unía a mí se quedó con su cuerpo mortal, salvo en mi corazón, en mi mente y en mi energía. Es cierto que siempre vivirá conmigo, pasen los años que pasen, pero simplemente como un recuerdo. Su energía, su alma, su esencia, como queráis llamarlo, ya no guarda relación conmigo ni con ningún elemento de este plano. Por eso puedo afirmar con total rotundidad que mi padre dejó de existir como tal cuando murió. Lo que de él permanecerá siempre en mí es otra cuestión, más personal y emocional que un hecho.
Las ataduras emocionales, los vínculos sentimentales y los títulos que la persona difunta tuviera en esta vida (padre, madre, abuelo, esposo, esposa…) se quedan aquí, porque de otra forma serían un lastre para su viaje y su evolución. Por nuestra forma mortal de entender la vida y la muerte, por los apegos y por un pensamiento posesivo que nos limita, cuesta aceptarlo, pero si somos coherentes con nuestras creencias no podemos creer otra cosa. Todo ser mortal, cuando su envoltura perece, deja que perezcan con ella todas y cada una de las relaciones que tuvo en este plano, y lo único que se lleva consigo son las enseñanzas y lo que aprendió de nosotros. Siento decir a los más nostálgicos que todo lo demás son solo pensamientos limitantes de una mente que se resiste a desapegarse de las personas queridas.
Resumiendo y concretando: el cuerpo y la mente de mi padre murieron hace más de veinte años, y con ellos todo lo que implicaba ser quien era en este plano, padre, abuelo, hermano, hijo.
¿Qué sucede a partir de su último aliento?
De nuevo hay que ser coherentes con nuestras creencias. Uno de los axiomas de la magia (un axioma es una ley, sin interpretación ni excepciones posibles) es la reencarnación y la evolución del espíritu inmortal que cada uno de nosotros posee. Si no creemos en la reencarnación y en la evolución de nuestro espíritu, todas las demás teorías evolutivas se desmoronan como un castillo de naipes. Ergo, al dejar de necesitar su cuerpo físico, mi padre pasó a otro plano distinto del nuestro. Ya he dicho que toda atadura con este se desvaneció con su último aliento, así que nada le importa lo que yo, su hijo cuando él vivía, haga o me suceda en este plano. Él sigue su camino, igual que yo seguiré el mío cuando llegue mi momento, y lo que sucede a partir de ese instante depende de su grado de evolución.
Un inciso: el grado de evolución de una persona no se limita a esta encarnación, es el resultado de muchas vidas y muertes que nos han conducido inexorablemente a nuestro nivel actual. Que nadie se confunda. Que yo (hablo de mí de nuevo para que el post sea más personal) sea un mago del nivel que soy ahora, y que otra persona sea en esta encarnación lo que era mi padre, mecánico, no implica que mi nivel evolutivo en el cómputo de vidas sea superior al suyo.
Bien, como decía, según su grado de evolución sucederán unas cosas u otras tras ese último suspiro, pero para simplificar el post, que ya está resultando largo y quizás tedioso, nos quedaremos con lo que suele suceder y usaremos como ejemplo a una persona de grado de evolución promedio, que es el de la mayoría. El alma abandona el cuerpo y pasa de inmediato a otro plano, donde hace un análisis (el mismo para todos) de su paso por esta tierra y decide casi al instante cómo seguir: o bien reencarnarse en otro cuerpo y volver a este plano, o bien continuar su aprendizaje en otros planos. Jamás en el plano astral, porque permanecer en él e interactuar con nosotros solo está al alcance de entidades de un grado de evolución enorme, que no necesitan volver a la tierra y cuya misión es precisamente interactuar con nosotros desde el plano astral. Pero de eso hablaremos en otro post.
Podríamos pensar que mientras ese ser desencarnado está en el proceso «entre vidas» puede interactuar de algún modo con nosotros, con los seres queridos que tenía cuando vivía aquí como mortal. Pero, como he dejado claro antes, al deshacerse del cuerpo físico esos vínculos desaparecieron, así que el contacto, la presencia o la interacción con esa entidad son IMPOSIBLES.
Me explico un poco más. Mientras esa alma, que antes era mi padre, está en el periodo entre vidas, se puede contactar con ella, con la entidad, pero MI PADRE COMO TAL YA NO EXISTE NI TIENE CONSCIENCIA DE HABERLO SIDO NUNCA.
Hay gente que afirma tener contacto con nuestros difuntos, o que dice verlos e interactuar con ellos. No seré yo quien diga que mienten, porque dudo que alguien pueda mentir sobre algo que duele tanto, y puedo afirmar que en su mayoría son sinceros, pero con la misma rotundidad afirmo que ESTÁN SINCERAMENTE EQUIVOCADOS.
¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué hay gente que afirma ver y hablar con nuestros difuntos, o haber visto a sus familiares ya muertos?
La respuesta es la misma que a por qué hay gente que afirma ver a la Virgen María, a Mahoma o a un extraterrestre. Nuestra mente es incapaz de procesar información si no le da forma, nombre e identidad, y además tendemos a querer ver, y de hecho vemos, aquello en lo que creemos con más firmeza. Cuando alguien con una sensibilidad algo mayor que la de la mayoría de los mortales ve una energía, siente una presencia, vislumbra una sombra o escucha una voz, su mente recurre de inmediato a algo tangible, fácil y que NO DÉ TANTO MIEDO. Según las creencias de quien percibe, esa cosa será nuestro difunto o lo que cada uno crea.
Para los médiums al uso es más fácil decirle al consultante que su padre difunto (como sería mi caso en el ejemplo de todo este post) es su guía, su protector o que está a su lado, que explicarle que lo que perciben es una energía de otra índole, quizás porque ni ellos mismos saben hacerlo. Además, siempre queda mucho más bonito decirle a alguien que un ser querido sigue con él que decirle que ya NO EXISTE COMO TAL. Por lo mismo, si una persona corriente se levanta, pongamos, al baño en mitad de la noche y percibe una energía (de estas percepciones hablaré en otros posts), tendrá menos miedo si la identifica con un ser querido o con algo de sus creencias que si ve la «realidad», que puede ser solo una energía residual, una interferencia entre planos o nada más que un fallo de su vista.
¿Es posible comunicarse con los espíritus, entendiendo por espíritus a los seres difuntos desencarnados, con nombre y apellidos como los conocimos en la tierra, o que ellos se comuniquen con nosotros?
ROTUNDAMENTE NO.
¿Es posible comunicarse con otro tipo de entidad, además de con nuestro guía o con nuestro yo astral?
ROTUNDAMENTE SÍ.
Un abrazo.
Javier Sanjuán