Un abrazo, y sé tú
¿Qué te dices nada más despertarte? ¿Sonríes? ¿Das las gracias a quien sea que le des las gracias? ¿Saludas con cariño a quien vive contigo? Y luego, delante del espejo, cuando te hablas a ti mismo, ¿lo haces en positivo o te machacas?
Recuerda esto: todo lo que sale de ti, el universo lo capta y te lo devuelve. Por eso conviene ser honesto, transparente, sincero y positivo, porque cuando lo que sale de tu cabeza no está alineado con lo que siente tu corazón, sale confuso, y confuso te lo devuelve el universo, en forma de problemas y situaciones que preferirías no ver. Sencillamente porque tu sentir no está limpio y no actúa como tú crees que actúa.
¿Cuántas veces te dices que haces algo y es mentira? Sorpréndete, porque a quien más solemos mentir es a nosotros mismos, y no solo mentir: también insultar, despreciar.
Yo llevo décadas practicando la magia —permíteme la palabra— de la honestidad en la comunicación, conmigo mismo primero y con quienes me rodean después, y desde entonces todo funciona mejor. Porque me escucho, y cualquier cosa que no me convenza la comunico con cariño, pero la comunico. Soy sincero conmigo según mis propios principios, no según los de otro, ni los de la moda de turno. No necesito demostrar nada, así que puedo ser el mismo conmigo mismo y delante de los demás. Conozco mis carencias y no las vivo como un fracaso: son mis objetivos, mis metas. Qué aburrida sería la vida si fuéramos perfectos, sin ninguna mancha, sin el reto diario de ser un poco mejores que ayer, sabiendo además que ya somos especiales de partida.
Escucho a los demás con asertividad y empatía, no solo para darles un consejo, sino porque sé que el simple hecho de escuchar de verdad cambia el estado de alguien, aunque no le digas ni una palabra. Y cuando doy mi opinión, no la doy pensando en lo que el otro quiere oír, sino en lo que yo querría oír en su lugar. Y lo que yo quiero oír es la verdad, sin decoración navideña.
El universo te escucha siempre —tus palabras y también tus pensamientos— y te devuelve más dolor y más sufrimiento cuando no eres claro, cuando no eres sincero, sobre todo contigo mismo. Si no eres capaz de tratarte con amor, ¿cómo vas a tratar así a los demás? ¿Y cómo se demuestra eso? De la forma más simple: escuchándote, siendo sincero contigo y con quien tienes delante, comunicándote con honestidad y sin veneno. Deja de mentirte. Atrévete, si quieres, a no ser nunca lo que eres, y lo conseguirás: serás un desgraciado toda tu vida. Deja de querer caerle bien a todo el mundo, deja de interpretar un papel, porque cuando lo haces dejas de reconocerte en tus propios actos, y eso —solo eso— es lo que después te hace enfadarte contigo mismo.
Reconozco que no siempre le he caído bien a todo el mundo por cómo me expreso, al hablar o al escribir. Lo hago con voluntad de ayudar, os hablo como me hablaría a mí mismo en vuestra situación, y al decirlo mi alma descansa. Con el tiempo, todas las relaciones mejoran: la mía con vosotros, sí, pero sobre todo la vuestra con vosotros mismos. Y por encima de todas, la relación conmigo, por ser consecuente con lo que pienso y no falsear ni mis palabras ni mi conducta. Puedo ser duro, muchas veces lo soy, pero nunca falto al respeto ni insulto: solo digo la verdad, la mía, como me la diría a mí mismo. ¿Exigente? No os lo podéis ni imaginar. Pero siempre en positivo.
¿Humildad? ¿Prepotencia? Ninguna de las dos cosas. Solo una realidad que no admite discusión: soy Javi, no hay más que lo que veis, no interpreto ningún papel, no soy ningún personaje. Si digo algo o escribo algo es porque lo creo así, y soy siempre sincero, aunque eso me deje, de vez en cuando, sinceramente equivocado. Ese es todo el secreto para ser fuerte, para vivir cada momento con entusiasmo y con amor: ser yo. Ser tú.
Suena sencillo, una perogrullada incluso, y para algunos suena directamente a fantasía: esto de creer en Dios, de sostener la positividad, de decir lo que uno siente en cada momento, de dar las gracias por todo y no bajar nunca la cabeza. Soy mago por vocación. Creo en Dios porque me ha mostrado su fuerza en mí y en quienes se han acercado a él. Y creo en la verdad, pero no en la del mercadillo, esa verdad edulcorada y de consenso que gusta a todos porque no incomoda a nadie. Creo en la verdad sin más adornos. Como decía Serrat, la verdad no es triste; lo que no tiene es remedio.
Así que puedes seguir riéndote de mí, o de quienes creemos y actuamos así, o puedes mirarte al espejo y mirar tu vida, y si no es la que querrías, si no tienes lo que te gustaría tener, es sencillamente porque no eres tú. Porque no te amas a ti mismo, y quien no se ama nunca dejará que le amen los demás. Yo me miro y no tengo que pensar cómo vivo, porque vivo como pienso. Pero si lo que ves en el espejo es un desconocido, plantéate mirar de otra manera. Quizá la mía, quizá una versión adaptada a tu manera de ser. Lo único seguro es que la forma en que estás mirando ahora no te está funcionando. Y escucha bien: nunca lo hará.
Sé que estas palabras suenan duras. No lo son tanto, si supierais lo que veo a menudo, aunque para eso ya habrá otro post, que a este ni la mitad habréis llegado a leer. Menudo tostón, y encima hay que aplicárselo el resto de la vida para ser feliz.
Pero, tanto si me lees siendo un triunfador —de los que viven como piensan, dicen la verdad cada día y ven en sí mismos un alma en marcha hacia algo mejor— como si eres de los que van resignados por la vida y han acabado leyendo a este mago loco por no encontrar otra cosa que hacer, os digo, sin trampa, porque es lo que siento y así lo vivo: os quiero. A los que me leéis, y a los que no también, aunque al no leerme no lo sepan —y ya de paso, buena metáfora de la vida esa: cuánto se pierde uno por pereza, por dejadez, por resignarse—. Gracias por existir, gracias por caminar cerca.
Nunca os desearé suerte, porque no creo en ella. Mi deseo es que seas feliz. Pero sobre todo, que seas tú.
Un abrazo,
Javier Sanjuán